TRAICIONES Y DESLEALTADES

José García Román

Pilar Rahola se despachó bien en un reportaje que emitió Intereconomía en la madrugada del lunes 27 de diciembre al mostrar al detalle el grave problema de la inmigración en Cataluña, con escandalosos e increíbles relatos. Se refirió a un islamismo radical cada vez más presente (recuérdese lo que dicen las últimas encuestas en Alemania y Francia), a las exigencias que algunos inmigrantes no plantean en su país, al orgullo que en su tierra es sumisión más que silenciosa, a ayuntamientos que enseñan el camino para borrar huellas una vez efectuado el empadronamiento; mientras en todo este lienzo no pocos consideran el catolicismo una opción trasnochada, o no preocupa –aunque exista una estadística escalofriante– que millares de cristianos sean perseguidos en áreas muy definidas y asesinados por seguir la doctrina de Jesús de Nazaret.

Se da la paradoja de considerar actitud trasnochada besarle la mano al papa o inclinarse ante él, pero no la de rendir pleitesía y sumisión medievales al rey alauita, aunque impida al periodismo ser testigo de la brutalidad cometida en El Aaiún. (Por cierto, ¿hemos olvidado ya los últimos incidentes, los vergonzosos hechos consumados y negados? ¿Se han quedado tranquilos los países a los que se les llena la boca de derechos humanos, libertad y democracia?).

Se ha pasado de una actitud de búsqueda de liberación de ataduras vinculadas a la religión, al abrazo de un laicismo a veces con intenciones vecinas a aquella revolución de desenfreno, emparentada con los ‘sans-culottes’ que arrasaron la catedral de Saint-Lambert –tan majestuosa como la de Notre-Dame de París–, para acabar coronando emperadores, creando aduladores vasallos, y todo a la sombra de un progreso que provocaría risa si no fuese porque hablamos de asuntos demasiado serios.

Muchos valores de nuestra civilización sufren decadencia ocasionada por una democracia de privilegio, entregada al carné político. Los de aquella Grecia –recordemos que aunque consintió soplones y sicofantes, fue esplendorosa cuna de una democracia que tanto bien ha dado a Occidente y cuya filosofía ha sido eficaz ayuda al pensamiento hastiado de corsés y mordazas– han pasado a un tercer plano, imperando ahora no pocos aires traidores.

Es difícil ser demócratas si la democracia está representada por quienes, llamándose altaneramente servidores del pueblo, se han saltado controles –legal e ilegalmente– para conseguir sus propios objetivos de la mano de un estudiado sistema, hoy en vía muerta, que ha desvitalizado la ilusión y la esperanza. Y para colmo, y gracias a una memoria magra, es posible poner cara de póker o llorar la pérdida de unos valores violentados o destruidos por los mismos del duelo.

Vivimos tiempos de traiciones y deslealtades con sonrisas aparentemente francas, silencios ruidosos y sumisiones de libro. Nos agobian estos tiempos de corrupción, codicia, ambición, falsedad y artificio. Unos tiempos de rebajas, disfrazados de interesado optimismo; unos tiempos de economía sumergida que propicia que alguna clase media se vista de pobre y engorde una estadística. Tiempos que exhiben progresía y libertad, y olvidan ocultar cadenas abrazadas a los tobillos.

Tiempos de perturbación, resentimiento, disgusto, ansiedad y desaliento ante una amorfinada sociedad de apoderados que sufre pérdida de aliento científico, ausencia de intelectuales y falta de resplandor, y rinde culto a la persona maquillada hasta las entrañas o a la que exhibe escandalosamente sus vergüenzas y su degradación. La discrepancia está bajo sospecha; la crítica es perseguida; ha crecido la desigualdad, como el desasosiego; los adjetivos aparecen desarmados, desvaídos; no desafiamos el tiempo pues se desmoronan nuestras construcciones apenas habitadas. Los canales democráticos están atorados e impiden que realmente sea una realidad lo del poder del pueblo, convidado de piedra aunque salga a escena unos segundos cada cuatro años.

No cesamos de enterrar con grave descaro a Montesquieu uniendo poderes que deben estar muy separados. La posmodernidad ha rematado la Ilustración. Ya hemos conseguido la mayoría de edad. Es tiempo de sinrazón y consignas, libres de la esclavitud de un pensamiento propio y positivo. Por fin ya somos todos juguetes del engaño y el prejuicio. Hemos aprendido a andar en la oscuridad. ¿Para qué la luz?  Nos hemos elevado a la categoría de súbditos. Liberados, ansiosos de felicidad, no de justicia  –confundido el confort con el mal gusto–, asistimos en masa al entierro de la Ilustración como si fuese el de ‘la sardina’. “Ya era hora”, se oye decir. ¿Quién habló de traiciones y deslealtades? Sufrimos raquitismo mental acompañado de ostentaciones de quincallería en un ambiente de alardes de despropósitos y comisariados de progresía exprés, mientras los mejores renglones de las páginas de cada día acogen a los intelectuales que han abandonado el margen, su lugar.

Pero más allá de todo esto hay luz, gente desprendida que besa heridas en silencio, fuera de la estadística, sin ruido, ajena a un retador espectáculo atiborrado de farsa, con el único carné de la fidelidad a unos preceptos situados en las cumbres de la más ejemplar coherencia. Es tiempo de celebrar las derrotas. Merece la pena. ¡Buen año de principios!

IDEAL DE GRANADA, 15-1-2011

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