‘¿No es eso, no es eso!’

Publicado en Ideal el 02/03/2008.

José García Román.

Ahora tenemos más claro que hemos cedido demasiados derechos; que se nos ha privado de decisiones que son vitales para una convivencia más justa; que en ocasiones se nos trata como si estuviésemos en el parvulario; que algunos políticos se están creyendo el papel que representan; que hay excesivos dirigentes que confunden la función de administrador con la de propietario.

Los debates ‘afeitados’ de la campaña electoral, al eliminar del guión la corrupción, eluden lo que más daño ha hecho a la democracia y a políticos en ejercicio, usurpando a la ciudadanía una autocrítica, imprescindibles explicaciones, algún que otro propósito de transparencia y ejemplaridad, la promesa de que el pez grande no se comerá al chico, y que el rico no tendrá más derechos que el pobre. ¿Todavía no se ha superado la etapa grisácea y perniciosa de la interesada puesta en escena, de los asesores de imagen, del culto al maquillaje? Ojalá se milimetrara todo con el mismo esmero que se cuida la organización de los citados debates o la fotografía de la valla publicitaria.

Cuando la vida de Franco se acercaba a su ocaso, los «tácitos» decidieron apostar por la ‘convivencia nacional democrática’, la «apertura de nuevos cauces de participación en la vida pública», «el efectivo respeto de los derechos fundamentales» y la «igualdad de oportunidades entre todos los españoles». Este recuerdo me lleva a pensar que tenemos el deber de proclamar el hambre de democracia que realmente sentimos, aunque sea un hambre tal vez matada con frívolas ‘tapas’ acompañadas de espuma de sonrisas de oportunas ‘cervezas’. Me refiero a una democracia que no se avergüence del margen, ni de los arrabales, ni de la gente de a pie que no aspira a nada -y menos, a los apretones de manos de compromiso, las sonrisas de silicona, los abrazos de robot, las palabras- chips, el aliento virtual- y que repudie a los usurpadores y timadores que representan lo irrepresentable y están donde el decoro jamás pondría los pies. Una democracia que nos advierta que todo se derrumba cuando el hombre -que tantos siglos necesitó para erguirse- decide doblar la sagrada columna vertebral de su honor para recoger las cáscaras de unos altramuces arrojados con displicencia y alegrar un estómago dispuesto a abrir la puerta a manjares exquisitos o a desperdicios.

Las urnas nos ruegan que nos acerquemos a ellas como si fuésemos a dar el salto definitivo, cuando la sonrisa se hiela porque el teatro ha acabado, cuando los sentidos se despiden y dejan el alma en carne viva, desnuda y con la sola compañía de la dignidad. Son nuestras armas, las únicas que la democracia nos ofrece para luchar por una sociedad mejor y exigir cumplimientos de promesas sin decorados de frivolidad. Las urnas nos esperan para depositar el voto y expresar nuestra voluntad; para decir lo que pensamos de todo esto; para hacer ver que no estamos muertos, que es posible reformar los mecanismos de una democracia que no ha aprendido todavía a respetar al ciudadano que tiene derecho a saber la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, y ser tratado como adulto, sin trampas ni cartón. Unas urnas que pretenden trasladar a la sociedad tantos secretos a voces, aunque sean en forma de votos en blanco.

Ante las vallas, los debates y los mensajes contradictorios son millones los que repiten con aquel Ortega desencantado de la República, «¿no es eso, no es eso!». Por eso gritamos con fuerza: ¿A las urnas, ciudadanos! Tomemos la ‘Bastilla’ de la libertad y expresemos en conciencia nuestra voluntad, lo que pensamos de esta democracia de pseudoideologías, ayuna de convicciones profundas, membruda y fornida, vocinglera y maleducada, prepotente y retadora, con demasiados guardaespaldas, excesivos coches oficiales, propicia a inclinar la balanza a favor de las fuentes de riqueza, de las mayorías, de los partidos, de la demagogia gracias a la ignorancia de una parte de la sociedad; una democracia envuelta en adulaciones y rendibúes, y alentada por entreguismos palmeros (a la sombra de una aparente reputación moral y un supuesto crédito intelectual) que -lo diré con palabras de Ortega- pierde gesto y se ofrece peluda y desgreñada.

Es momento de decir que no estamos dispuestos a «arar con los bueyes que se tienen», porque hay más bueyes y es posible arar más terreno en menos tiempo. Las urnas nos invitan a afinar la orquesta de nuestra democracia, al mismo tiempo que preguntan (también a los que nos gobiernan y a los que han dado la espalda al sistema -hoy rendidos y derrotados-) si somos demócratas de verdad, o tal vez mercenarios que amedrentamos y acorralamos ilusiones, salteadores de caminos a cambio de favores, seres mudos y sumisos, vasallos de la corrupción. Merece la pena que respondamos con generosidad a la invitación del familiar e inexpugnable cofre de cristal. Y ya puestos, creo que es hora de reivindicar, por razones obvias, que las elecciones andaluzas no coincidan con las generales.

El cantautor universal de aires gauchos que se ocultaba bajo el pseudónimo de Atahualpa Yupanqui escribió en la ‘Coplas del payador perseguido’: «y aunque me quiten la vida/ o engrillen mi libertad/ y aunque chamusquen quizá/ mi guitarra en los fogones/ han de vivir mis canciones/ en l’alma de los demás». La democracia es el ‘país de los sueños’ que se hacen realidad; nuestro gran poema sinfónico; la herencia que muchos pueblos no disfrutan. Mientras haya urnas transparentes y podamos acercarnos a ellas con ilusión y credibilidad, convencidos de la dignidad de nuestro papel de actores ilusionados por el decoro y el honor, la ‘vida’, la ‘libertad’ y la ‘guitarra’ estarán a salvo.

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